D’Antoni, Lakers en 7 pensamientos o menos

En una de las mejores películas de los últimos 20 años, el personaje de Mena Suvari en American Beauty decía “No hay nada peor en la vida que ser ordinario“. Una frase fácil de imaginar colgada del despacho de la cúpula directiva de Los Ángeles Lakers, dada su perenne capacidad para mantener al equipo interesante durante los últimos 30 años.

Sin embargo, los Lakers de Mike Brown han sido menos que ordinarios. Han sido aburridos hasta el hastío. Y eso no encaja en Lakerland. Decía Brown al inicio de su andadura con la franquicia angelina que la gente compraría su producto si las victorias llegaban. A la postre, la realidad fue justamente la recíproca. Cuando las victorias empezaron a escasear, nadie tuvo motivos para seguir comprando su producto.

Mike D’Antoni wants YOU.

Mike D’Antoni es un entrenador perfecto para los Lakers. La franquicia, digo, no la plantilla en sí. La exigencia del aficionado Laker va más allá de la victoria; también persigue ciertos patrones estéticos. En ese sentido, el entrenador ideal para los Lakers debe ser uno cuyo talento táctico esté dirigido a la canasta que más importa en el Staples Center: la que sostiene el aro rival. Y esa es precisamente la imagen de la marca D’Antoni.

Hace un par de semanas tuiteábamos: “Fichar a Nash para que suba el balón y se aparte es como contratar a Van Gogh para que te pinte la casa“. Pasar de Brown a D’Antoni significa que Nash cambiará el rodillo por el pincel, una noticia a priori estupenda cuando en su equipo juega Howard, el interior más demoledor de la NBA la pasada temporada ejecutando el pick and roll. Para alivio del rector de la famosa universidad, el ataque de Princeton en L.A. es historia.

La contratación de Mike D’Antoni viene empaquetada con varias ideas preconcebidas sobre él, la mayoría provenientes de su periplo como entrenador de Nash, Amar’e y Marion en los Phoenix Suns de la pasada década.

Nash y D’Antoni en sus tiempos del Run&Gun.

Se dice que las defensas que D’Antoni plantea son un enorme coladero. No obstante, a nivel de puntos encajados por posesión, las estadísticas sitúan dichas defensas como mediocres pero no desastrosas. Y eso pese a que D’Antoni contó en Phoenix con el horror de Nash defendiendo al base rival y Stoudemire cerrando el aro. Cuando el año pasado D’Antoni terminó su periplo en New York, los Knicks estaban situados como la décima defensa de la liga. Acabaron mejor, pero quizás tuviera algo que ver en eso que Stoudemire, tróspido defensor donde los haya, estuvo gran parte de la época Woodson vestido de traje.

Se dice que el ataque D’Antoni está unido a la velocidad de ejecución. Los famosos siete segundos o menos. La realidad es que el sistema D’Antoni da gran libertad a los jugadores a la hora de atacar, y sitúa el peso del ataque en las manos del base, pero no implica necesariamente correr de zona a zona como posesos. Si D’Antoni es el genio ofensivo que todo el mundo está dispuesto a concederle, sabrá que esta plantilla Laker no está hecha para correr, y algún ajuste brillante a su sistema se le ocurrirá. Algo parecido sucede ante la escasez de triplistas fiables en el equipo. No debería ser difícil para una de las mejores mentes tácticas ofensivas del universo NBA crear un sistema que genere puntos de manera eficiente con Nash, Kobe, Pau y Howard en pista a la vez.

Kobe y D’Antoni se conocen bien. Pero Carmelo y D’Antoni también coincidieron en Pekín. Just sayin’.

Conviene no obstante recordar que la contratación de Mike D’Antoni no arregla en absoluto los dos grandes desaguisados tácticos que los Lakers tienen ahora mismo: la defensa al base rival y a los ala-pívots tiradores. El segundo problema no es tan grave: los equipos de Nowitzki, Love y Aldridge no están en la élite de la conferencia Oeste, y Diaw, Griffin o Ibaka no son tan mortíferos en la media distancia -un Gallinari de 4 dentro de un smallball Nugget podría ser interesante, no obstante-.

Sin embargo, el primer problema es gravísimo. Durante los últimos 3-4 años, la defensa Laker ha sido destrozada a conciencia por dos perfiles de bases muy definidos. Uno, el que ejecuta con maestría el pick-and-roll en la parte alta de la pista (Chris Paul, Tony Parker, o incluso -sí- J.J. Barea). Otro, el base atlético con facilidad para anotar en transición (Russell Westbrook, Ty Lawson). Y salvo por Memphis, todos los equipos de élite del Oeste basan su juego en uno de esos dos tipos de base.

Cuando D’Antoni era jugador. Aquí en el Open McDonalds con Stern y Homicius.

En última instancia, la era D’Antoni en los Lakers promete ser interesante y divertida. Mucho más, en todo caso, que el sopor en el que Mike Brown ha mantenido a Lakerland durante el último año. Pero salvo que Kupchak haga algún cambio en la plantilla antes de marzo, todo esto es una huída hacia delante. Es poner los motores ofensivos a toda marcha y confiar en que los agujeros que presenta el casco de la embarcación Laker no sean tan grandes como para que el navío no llegue a puerto. O que la simple presencia de Howard como bastión defensivo baste para camuflarlos lo suficiente.

Aunque, como decía Don Quijote Goethe, si ladramos será porque los Lakers cabalgan de nuevo.

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